Una tarde cualquiera de un día de verano, mi cuerpo cansado y los pies extendidos en el suelo, la espalda semi recostada, mis manos débiles sobre mi regazo, así me encontraba cuando vino a mi una dama pálida que se sentó a mi lado, tomó mis manos con delicadeza, extendió su brazo sobre mis hombros y condujo mi cabeza sobre sus hombros y entonces allí le pregunte: ¿quién eres y qué deseas? soy quien te mostrará la existencia de lo desconocido para el hombre que habita esta tierra, levanta tu cabeza y mira…
Al abrir los ojos mire el cielo gris y una ligera lluvia que al tocar el suelo árido y sediento desprendía el ardiente vapor como el que emana de un manantial de azufre, era imposible ver más allá del llano donde el gran espesor de las nubes ácidas cubrían las colinas y montañas.
Me levanté, y al caminar me tropezaba escasamente con las raíces secas de grandes árboles que la tierra nunca consumió, todo era paupérrimo, moribundo y sin rastro de vida, me sentía guiado por ella tomado de la mano. Entre grietas de la tierra vi algo espantoso, los ojos de alguien que se encontraba allí sepultado como si estuviese momificado. Me aleje rápidamente, ella me detuvo y escuché una voz que me dijo: ¡tranquilo! Aquí nada te puede tocar…
Continué mi camino con sentimiento de alivio, sin saber por que. En un camino inclinado por un lugar pedregoso, de rocas punteadas y negras como vació del universo, derramé lágrimas al ver hacia el frente.
Una gran multitud, si así se les puede llamar, en un estado deplorable, moribundos, sedientos, tenían la piel quemada, flacos como si su existencia absorbiera su propio tejido corporal y la piel le cubría los huesos, el estómago inflamado, totalmente desnudos, un aire asfixiante envolvía ese lugar, un lugar que ni los mas secos del África se podían comparar con el mismo. Hambre, miseria, dolor, sufrimiento, eran las palabras adecuadas para describir este lugar de mala muerte. ¡Sí!, muerte y horror es lo que presenciaban mis ojos.
Una gran fosa se podía ver en el horizonte donde muchos se conducían y no daban un paso atrás, como si lo único que les quedaba era arrojarse así mismo hacia ella, pero faltaba mas, creí que era el final. Entre las rocas cortantes salían las manos de estos seres que intentaban capturarme, manos lajadas, putrefactas y sangrantes me tomaban por manos y pies, mientras más trataba de escapar, más fuerza me hacían hacia el suelo, estaba al borde de la desesperación y creí que sería esa la forma más horrible de morir…!Devorado!
Mi corazón palpitó más rápido que nunca, tan rápido que se sentía como un solo tono, mi vista se nublo, el aire no lo sentía más, todo terminó, al menos para mi. ¡Abrí los ojos! Respiraba nuevamente, me encontraba solo en le balcón de mi casa y al ver que me había quedado dormido, me pregunte: ¿que coños fue eso?
Una voz dulce como viento del mar, me soplo al oído: ¡la muerte!
Autor: Jean Carlos Sosa Nouel
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